Todos los hechos y personajes en esta historia son completamente ficticios. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.
EL PRINCIPI(T)O DEL FIN.
Un alfil comió a la reina y dejó el jaque preso de los mates con mucha azúcar compartidos con Santiago Fernández. Gonzalo llevaba su voz afinada todos los días, y acompañaba las notas punteadas de la guitarra de Santiago. Compraron yerba en un quiosco y tomaron mate hasta que oscureció, hablaron de pasado y crearon ilusiones que luego habrían de destrozar. Gonzalo en algún momento tendrá que entender lo valioso que fueron los recuerdos, las bicicletas y las risas plasmadas en los ladrillos, el cemento y la guitarra que le dio música y ritmo a uno de los mejores momentos de su vida.
Tal vez Gonzalo lo supo, tal vez se enajenó detrás de las cortinas y los sueños predictivos que dejaron de predecirle las desgracias, tal vez ya era hora de disfrutar.
Gonzalo corrió junto con el triángulo pitagórico en las orillas de los ríos y en los pasillos de los bares, la Costanera no parecía tan oscura ni tan solemne cuando la miraba con los ojos del pasado. Los sueños se olvidaban conforme el presente de la amistad iba oprimiendo toda lógica. Gonzalo miraba la amistad pitagórica perfecta, diluyéndose delante de él, petrificada con los mates de yerba mala, Gonzalo presentía el final, Gonzalo sabía todo. De las trampas en América y de madres gordas.
Estaba a punto de comer el primer bocado perfecto de las empanadas perfectas con sus amigos perfectos, cuando de pronto, Santiago Fernández, uno de los vértices del triángulo, el insulso trabajador automotriz le preguntó:
-¿Tenés novio?
La cara de Gonzalo se desarmó por completo, la nariz era su boca, respiraba por el estómago, y no podía entender ni siquiera la filosofía de los filósofos ni las frases de los poetas, y en la laguna de su perfección imperfecta, de triángulo equilátero e isósceles, se prohibió dudar, y preguntó:
-¿Cómo?
-¿Tenés novio? -volvió a disparar Santiago.
-¿Cómo? -Gonzalo se sintió por un momento el Principito, tratando de hallar las respuestas a sus propias preguntas.
-¡Si estás de novio! -Santiago movió sacrificó un caballo para salvar a su reina.
-No, no tengo novia-sentenció Gonzalo.
Los hechos y personajes descriptos en esta saga son completamente ficticios. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.
LLORAR NO ES EN VANO.
"Tu vida siempre estuvo cerca, y esto es verdad", cantaba a Fito Páez balbuceando como bebé las notas mientras salía por el estacionamiento del trabajo y se iba al quiosco. El triángulo de la Santísima Trinidad había dejado de ser santo, el mènage a trois de Nietzsche se había quebrado para siempre. Las personas del triángulo de las Bermudas de Gonzalo se habían ido, lo habían abandonado, y él los maldecía mientras deseaba que se estrellen en las rocas de algún acantilado de las Bermudas.
El triángulo se había instalado tanto en su cabeza que parecía que no tenía capacidad de imaginar otras figuras geométricas. Un cuadrado, un pentágono, un segmento -con un final-, o una recta infinita. Tal vez los triángulos siempre terminan destruyéndose. El pentágono fue un símbolo usado por una sociedad secreta matemática, que representaba el concepto del infinito, ya que al unir los vertices de un pentágono entre sí, describen otro pentágono más pequeño, del que, a su vez, si se trazan las respectivas diagonales, dan otro pentágono más pequeño, y así, sucesivamente, hasta el infinito. Como las rectas, sin principio, sin final. Es como cuando conocemos esas personas que jamás vimos en nuestra vida, y sin embargo hablamos horas como si ya hubiésemos andado juntos en alguna vida pasada, como la identificación del inconciente, como la confrontación de nuestras almas.
Pero, ¿cuál es la figura geométrica que describe la pérdida de dos amigos? ¿Es justamente el triángulo? ¿La Santísima Trinidad? Gonzalo no quería llorar en plena calle Corrientes, pero, lo desbordó el recuerdo, no pudo llegar al quiosco, casi como si tuviese que ahogar el triángulo de las Bermudas en el abismo de su eterna soledad, se sentó en los bancos de cemento agrio, mientras las lágrimas empezaron a asomarse, así como los recuerdos de una vieja amistad perdida, de un triángulo tatuado en los mediodías de su alma.
Almorzar un almuerzo, reír una risa, sentir un sentimiento, ¿por qué todo esto nos parece tan preciado, tan sagrado, tan intachable, indiscutible, como si fuesen momentos dorados? Ya había adivinado la adivinanza, ya había desenterrado el misterio, sabía quién era Santiago Fernández, sabía quién era el tercer vértice, Gonzalo sabía demasiado, sin embargo, aún sabiendo todas esas verdades, nunca se había sentido tan huérfano, nunca se había sentido tan solo. Es que la verdad, en cualquier caso, siempre nos termina condenando a la soledad.
Recordar el sueño ya era inútil, todo se había cumplido, pero Gonzalo necesitaba contarle todo ello a alguien, no podía soportar tanta verdad junta. Y casi sin esperarlo las líneas rectas e infinitas llegaron hacia él hasta el quiosco, donde los triángulos dejaron de ser santísimos, y los momentos dejaron de ser sagrados.
Los hechos y personajes de esta saga son completamente ficticios. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.
AMISTAD PITAGÓRICA.
"Puerta y ojo, luz incandescente. Mamá gorda. Chico rubio que dijo: Trampas en América".
Ya le costaba recordar su sueño predictivo, esas palabras eran los restos más fidedignos que podía tener. Las palabras del brazo habían sido ya transcriptas a una hoja de papel, que siempre terminaba en las manos de Gonzalo cuando finalizaba el día tratando de encontrarles una explicación. Ya había quedado seleccionado en la entrevista. La inminencia de la vida laboral era tan fuerte como la inminencia de una gran desgracia. Cualquier persona hubiese tomado a este sueño como una coincidencia banal, sin embargo, ya por él mismo y por su soledad, no tuvo razones buenas tampoco para restarle credibilidad a sus dotes de visionario. Gonzalo no se consideró nunca un vidente, pero sí era cierto que podía ver el futuro a través de los sueños, aunque jamás se entrenó ni asistió a cursos precarios de videncia, sino que, más bien, fueron dotes naturales e impensados. Los sueños de Gonzalo siempre eran muy inexplicables, como el de la puerta y el ojo con rayos de luz, si bien predecían a la exactitud el futuro, parecía que lo hacían en clave. Entonces Gonzalo optó por tratar de descifrar el anagrama reservado exclusivamente por los misterios cuánticos del espacio-tiempo.
La puerta y el ojo del que emergía un rayo de luz incandescente parecía una maldita locura, no tenía ningún sentido. La mamá gorda tampoco. Pero en las palabras del chico rubio parecía haber una contradicción, y tal vez, la clave para descifrar el enigma trazado por mis propias neuronas.
Era como una adivinanza que tenía una sola respuesta. De todos los futuros posibles para Gonzalo, solo había una posibilidad, solo una función de Schröedinger que se acomodara a las restricciones del sueño. Trampas en América... ¿Alguien ejerciendo ilegalmente una profesión en América? ¿Tal vez Santiago Fernández era un narcotraficante en el continente Americano? Obviamente, el marco de posibilidades era enorme, sería inútil enfocar su atención en aquella parte del sueño. Tal vez ya era tiempo de pedirle ayuda a alguien. ¿Pero a quién? Gonzalo estaba solo en el mundo, solo había una persona que escucharía su confesión y no lo tildaría de loco ni le recete pastillas de Clonazepam.
Dibujó la abertura de una puerta con un ojo detrás con rayos incandescentes, y se mojó la nuca tratando de aclarar las ideas y despejarse la mente. Salió de su casa y se dirigió a la Parroquia. Recordó lo liberadoras que eran para él las confesiones. Eso era lo único que extrañaba del cristianismo. Recordó que él jugaba allí a la pelota cuando era más chico, luego de la infaltable misa. Le decían Gonzalito. Una Parroquia ya extraña para Gonzalo, había cambiado mucho desde la última vez que fue, los rosales ya no daban más flores, y los bancos habían sido cambiados de lugar. Entró a la casa parroquial y tocó el timbre, mientras se maravillaba de la capacidad de la memoria, todavía recordaba el tintineo exacto de las campanas que llamaban a la misa. Tendría solo unos diez minutos para hablar con el sacerdote, puesto que no quería soportar el aburrimiento adoctrinario de una misa. El sacerdote Luis le sonrió al verlo, y lo invitó a pasar al living, mientras le recordaba su escaso tiempo al tener que salir a dar misa.
-Será solo un momento -dijo Gonzalo comprensivo-. ¿Puede reconocer este dibujo? ¿Le suena familiar?
La sonrisa en la cara del sacerdote se evaporó instantáneamente, mientras le lanzó una mirada preocupante en los ojos de Gonzalito. Tomó la hoja de papel inspeccionando con mayor responsabilidad el dibujo, y replicó.
-¿En donde viste esto?
-En un... sueño -dijo rogando que me crea aquello que parecía increíble.
-No vas a creer, porque te parecerá increíble -dijo el sacerdote poniéndonos a ambos en igualdad de condiciones, y rechazando la hoja con un gesto.
-Por favor -supliqué. Él se arrogó ante Gonzalo, y lanzó una respuesta corta.
-Es... la Santísima Trinidad. ¿Nunca la ha visto? Usted ha dibujado una puerta, pero en realidad, si lo mira desde esta perspectiva -dijo doblando la hoja desde dos esquinas opuestas- lo que ve usted es un triángulo. Padre, Hijo y Espíritu Santo -dijo señalando cada uno de los vértices.
¿Qué tenía que ver esto con el presunto Santiago? Las respuestas le daban todavía más preguntas. Eso es precisamente lo que ocurre cuando nos animamos a descubrir la verdad. El sacerdote buscó en un cajón de su escritorio una imagen, y se la entregó. Se trataba precisamente de lo que había visto. Un ojo del que emergían furiosos rayos de luz.
-Sabe, Gonzalo -me dijo el sacerdote Luis amigablemente-, hay quienes creen que las visiones son avisos del futuro, hay otros que creen que son mensajes de Dios.
-¿Usted qué cree?
-Yo creo que Dios solamente le está recordando que está a su lado.
-Y que vendrán tiempos difíciles -dije terminando la frase del sacerdote mientras él afirmó con la cabeza.
-Otros piensan que la Santísima Trinidad se manifiesta cuando encontramos dos personas en el mundo muy importantes para nosotros, como una esposa o un amigo, ¿entiende? Como si se crease un triángulo entre usted y otras dos personas más.
¡Mamá gorda! ¡Santiago Fernández! Aunque en el sueño había más de dos personas, sabía que en ellas estaba el primer vértice del triángulo, de la amistad pitagórica que el sacerdote Luis me había mencionado. Le agradeció al sacerdote por su atención y él lo invitó a presenciar la misa, aunque le bromeé diciendo que tenía miedo de manifestar un demonio mientras duraba la Homilía. Él sonrió despidiéndome por la puerta principal.
Mènage a trois. No solamente estaba a punto de pasarle exactamente lo que había visto en el sueño, sino que también estaba a punto de pasarle lo que le había pasado a Nietzsche. Tomó el dibujo e inspeccionó el triángulo. Padre, Hijo, Espíritu Santo. Nietzsche, Lou Salomé, Paul Reé. Gonzalo Uriarte, Santiago Fernández, ¿mamá gorda?
Todos los hechos y personajes descriptos en esta saga son completamente ficticios. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.
GONZALITO.
Ser amigos suele ser una ilusión para muchos de nosotros. Para Gonzalo, la amistad siempre fue algo efímero. No sé si es que es su destino, o si es que siempre terminaba arruinando todas las buenas cosas. Para Gonzalo, la amistad siempre fue algo horrible.
Se despertó y miró el reloj. Ya no soñaba más nada, ya los vientos de los sueños lo estaban golpeando en la realidad. Llegaba tarde otra vez a su trabajo, sin embargo, poco le importaba. No quería presenciar otra vez la hipocresía incurable de las personas de mierda de ese maldita trabajo. ¿Es que todos eran imbéciles ahí dentro? Para comprobar esa verdad, no había necesitado de un sueño. Le dedicaba poco tiempo a la venta agresiva porque quería que todas las personas que lo habían forreado tanto se alejen bien lejos, aún sabiendo lo mucho que le dolía eso, aún sabiendo lo mucho que le dolía saber que estaba solo en el mundo, indefenso, inocente.
Gonzalo no creía en los noticieros porque prefería encontrar las verdades por mi propio puño. Sin embargo, la disolución de su grupo de amigos en el trabajo -entre ellos Santiago Fernández- había generado un desplazamiento de todos y un tejido de excusas por parte de Santiago
Gonzalo sabía -y sabe- demasiado sobre Santiago. Eso es lo que lo ha condenado y le ha puesto del lado de los malos. Se lo castigó siempre por decir la verdad, y creo que es un precio que Gonzalo siempre estuvo dispuesto a pagar, aún sea la amistad, aún cuando sabe que debían convertirse en extraños, el uno para el otro. Qué ridículo que parecía pensando las ideas empolvadas de Nietzsche.
Santiago se jactaba demasiado de su socialismo. Un día apareció en la oficina con una remera del Che Guevara, Gonzalo se reía por dentro, le parecía graciosísimo ver a una persona que no practica ni uno de los valores que predica con la lengua y los dientes, a veces lo despreciaba, su línea de razonamiento me parecía la de un chimpancé, o la de un biólogo-androide. Le gustaba, por eso mismo, confrontarlo con sus eternas contradicciones, con esas flaquezas globales de quien piensa que donando un paquete de fideos es una mejor persona y lo exonera de invertir su tiempo en la persona que jamás le pidió tales fideos. Entonces, Gonzalito, el niño adulto, evaluó durante un corto tiempo sus dichos, mientras preparaba sus bazookas al momento de explotárselas todas en la cara.
El combate llegó sin buscarlo, y el tema fue San Martín y la liberación de América Latina. Él decía lo que dice todo el mundo. Que San Martín fue un héroe porque liberó, y enfrentó, y combatió, y bla, bla, bla, bla. A Gonzalo poco le importaba la narrativa de la histórica argentina, ni la inmensa cantidad de idiotas con miedo a pensar por sí mismos, "pero ¿liberación?, ¿liberación de qué? ¡Lo único que hizo San Martín fue cambiarnos de cadenas!", dijo al borde del eclecticismo. Él sacó su as bajo la manga. "Sos un soberbio". Gonzalo macizó una sonrisa cómplice. "Vos sos un yunque para mis alas", le respondió. Él, se quedó en silencio, probablemente se quedó pensando en el significado de "yunque".
Todos los hechos y personajes descriptos en esta saga son completamente ficticios. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.
EL DESTINO LO SORPRENDIÓ FILOSOFANDO.
Leía un libro de Moravia cuando aguardaba una entrevista al comienzo de un largo día de búsqueda laboral. Había renunciado a la venta de seguros, quería un cambio ejecutivo en su vida. Pensaba en lo ridículo que parecía Moravia hablando sobre la amistad. "Hay que salvar a la amistad como sea", con ese touché tan tierno y carismático, se repetía las palabras riéndose por dentro, entre autos de brillo y lujo, y personas de traje y corbata. Se vio su propia corbata y se rió de sí mismo. Sólo para conseguir un trabajo se vestiría de traje. Debía conseguirlo, ya que el papá de Gonzalo padecía un cáncer de pulmón, y necesitaba dinero cuanto antes. Le gustaba más Nietzsche, las frases duras y cortas eran más apetecibles a su gusto. Lo cierto es que Nietzsche también tenía sentimientos, era muy sensible, el ejemplo más claro eran las notas de Oración a la vida. Nos gusta un escritor porque nos parecemos a él, Gonzalo lo sabía muy bien. Le gustaban las ideas sobre el anticristianismo, y también sus métodos antihumanos para soportar la soledad que lo destrozaba todos los días.
Cerró el libro y se acercó al tumulto de postulantes que se abalanzaban sobre los dirigentes intentando escuchar con mayor claridad sus indicaciones. Gonzalo contuvo sus ganas de vomitar ante la estupidez de sus nuevos compañeros, y se puso a un costado, escuchando de allí lo que decían. "La entrevista será de a dos personas, búsquense un par para poder pasar", dijo una chica de anteojos oscuros y pelo rizado. "¿A dónde te fuiste de vacaciones?", preguntó una rubia. "¡Con mis amigas!", respondió otra, con la típica exaltación de una persona que cree estar viviendo la vida intensamente sólo por experimentar las sensaciones impuestas culturalmente. "Estoy seguro que ésta no tiene amigas", pensó en lo profundo que era para él la amistad, en lo lejano que parecía siempre, con su usual soberbia y desprecio hacia las personas incapaces de enfrentar la grandeza del espíritu. "Éramos amigos pero hoy somos extraños", la frase de Nietzsche resonó en su cabeza.
El destino, como siempre, lo sorprendió filosofando. Y vaya que lo sorprendió. Una voz detrás de él le preguntó si estaba solo. Gonzalo pensó en su eterna soledad, en su ilusión sangrienta, romántica, despiadada de tener un amigo, hubiese respondido "Sí, estoy solo en el mundo", pero se recompuso y fingió una sonrisa amable. Pero un escalofrío recorrió su cuerpo al darse la vuelta. Era un chico rubio, un chico común. Él había visto por primera vez a Gonzalo, sin embargo, Gonzalo ya lo había visto meses antes, en sus sueños predictivos. Arremetió con la primera respuesta que se le vino a la mente, un "Sí" maquinado, mientras él le ofreció compartir la estancia de la entrevista. El destino, como siempre, le sorprendió dudando. Gonzalo afirmó con la cabeza, y él le devolvió una sonrisa. Recordó las palabras escritas a punta de bolígrafo en su brazo en la mañana de los sueños.
"Puerta y ojo, luz incandescente. Mamá gorda. Chico rubio que dijo: Trampa en América".
-Santiago Fernández -, dijo presentándose.
-Gonzalo, Gonzalo Uriarte -respondió extendiéndole su mano, mientras le preguntaba qué cara pondría si le diría que estaba solo en el mundo.
¿Será que este Santiago se convertiría en su amigo para siempre? ¿O será que él estaba siendo el inminente protagonista de la mayor desgracia de su vida? Gonzalo había visto el rostro de su compañero de entrevista en los sueños, pero no había visto que jamás debería haber aceptado ese trabajo.
Todos los hechos y personajes descriptos en esta saga son completamente ficticios. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.
LA CARTA.
Rompió el boleto con los ojos repletos de lágrimas. Las manos le temblaban, presas ellas, preso él, Gonzalo, el vendedor de autos, preso con las manos, preso con las palabras, preso de un trabajo que detestaba, preso en el colectivo, quería un final decisivo para esa historia, quería aprender a olvidar de una vez por todas. Tal vez lo que lo hace especial es el no poder abandonar así como así a las personas. Se recordó de pibe, los sueños y las tardes de verano jugando a la pelota con personas que ya no ve. Gonzalo de niño, Gonzalo de grande. No había cambiado demasiado, todavía su risa entonaba las melodías del niño que fue. Cómo quisiera volver a ser niño, o, por lo menos, como quisiera volver solo unos meses atrás, para poder evitar todo lo que le estaba pasando. ¡Si lo había visto en un sueño! Sólo un niño adulto como Gonzalo no evitaba lo que hubiese podido evitar.
Llegó a su casa como un rayo, y se metió en su pieza, donde los vientos ni las mareas eran lo suficientemente corrosivos como para poder penetrar. En su pieza Gonzalo era él mismo, en su pieza no había otro trasmundo más ininteligible que las sábanas. Empezó a escribir una carta, no sabía a quién, no sabía si formalmente era su testamento de muerte o la carta de un suicida, lo único de lo que estaba seguro era que corría mucho peligro.
Soy Gonzalo, y si estás leyendo esta carta es porque estoy muerto. Hay una persona que quiere hacerme daño. No estoy muy seguro qué es lo que pretende, pero estoy convencido que no es nada bueno. Todo comenzó con una trampa en América.
La carta se extendía unos renglones más en donde daba detalles informativos como su nombre o su localización geográfica. Realmente Gonzalo estaba muy asustado. Bronca, ira y susto. Esa era la mezcla de sentimientos que tenía adentro. También una sensación de pérdida. No había mucho que pudiera hacer. Tomó cinta adhesiva y pegó la carta debajo de su escritorio. En ese momento sonó el teléfono, y al decir el "Hola" automático, del otro lado me respondió la persona, el muchacho rubio, con su diplomacia y su tan vomitivo tono cordial, pidiéndole unas planillas que debería haber hecho él. Santiago Fernández. Otra vez. Gonzalo sabía la injusticia visceral detrás de esa llamada, pero había aprendido a responder a la hipocresía con hipocresía, entonces le prometió amablemente que iba a llevarle las planillas al día siguiente, aunque en realidad, en ese mismo momento los sacó de su mochila para olvidárselos accidentalmente, mientras que planeaba que lo que iba a enfrentar este chico no eran planillas insulsas, sino que iba a hacerlo enfrentar, por primera vez, con la gran verdad de su vida. Aún si moría en el intento.
Cortó el teléfono, y guardó la cinta adhesiva que exhortaba la carta de su muerte.
No suelo leer los diarios porque difícilmente tengan el valor para imprimir la verdad. Vi a Cristina Fernández de Kirchner hace exactamente un año cuando en la exposición rural decía que hay que incentivar el diálogo, las mismas declaraciones que tuvo hoy en la misma exposición.
Pareciera que detrás de una disputa entre Gobierno y campo se esconde la intención inextirpable de la burguesía por querer desplazar el gobierno de turno poniendo de cara a las partes más humildes del campo, cuando sus verdaderos impulsores, uno de los sectores económicamente más poderosos de Argentina, se disputaban las regalías mientras veían como se inflaba su vientre asombrosamente gordo.
Se viene el estallido, lo aviso, quien tenga dinero en los bancos, sáquelo de inmediato. Por lo que pude calcular, si se siguen adoptando las mismas políticas se alcanzará un déficit fiscal de unos diez mil millones de pesos.
Presiento que esta vez el grito anarquista cantado por los burgueses "Que se vayan todos" tampoco va a cambiar sustancialmente la realidad capitalista en la que nos gusta vivir y regodearnos como cerdos. Ninguna cacerola será abatida lo suficiente para desprendernos para siempre de la mala política.
¿Por qué no se habla del capital de Menem de la misma forma que se habla del capital de los Kirchner? ¿Por qué no se dice nada? ¿Por qué aumentó más del trescientos por ciento la luz? ¿Crisis energética? ¡Calentamiento global las pelotas!
Creo que voy a dejar de pagar la luz, armar una valija y me voy a ir a vivir a una selva.
¿Qué es este Blog?
"Yo soy el Anticristo", el libro.
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